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La incertidumbre del viaje
Juan Antonio Rodríguez. Administrador de Imagina.org
Por nuestra edad presente o venidera, por un familiar afectado, por nuestro cochecito de bebé o cualquier otra causa, nos convertiremos en demandantes de accesibilidad y desearemos que alguien hubiese diseñado aquel espacio, instalación o útil, pudiendo cualquiera utilizarlo o transitarlo sin otras consideraciones.
Llevamos años y años, hablando de diseñar para todos. Décadas trasladando a todos los sectores sociales y profesionales, que si algo puede ser utilizado por todos, al final, ganamos todos. Y Lo hemos difundido a los cuatro vientos porque es difícil encontrar una gran área o sector que no afecte de forma directa y discriminante, a las personas de movilidad reducida. Así, la sanidad, el transporte, las infraestructuras, la educación.., y por supuesto el turismo, son algo más que los pilares básicos del dibujo de nuestro entorno. Son además reflejo del marco social que hemos sido capaces de construir y que nos define como sociedad progresista y solidaria, o por el contrario, como una simple jauría.
Esta idea toma cuerpo ante algo tan simple como enfrentarse en silla de ruedas al ancho de la puerta del aseo. Imagine lo que opinaría usted mismo de un lugar o país, donde ante un apuro para ir al baño, le condicionaran a hacerlo en la calle, o a tener que arrastrar su orgulloso trasero por el suelo, para poder ejercitar su derecho a evacuar. Seguro que le parecerá igualmente absurdo que prohibieran a los pelirrojos subir a los autobuses, pero no se da cuenta de que sólo en contados lugares existen autobuses o taxis adaptados para usuarios de silla de ruedas, que no podrán así desplazarse con normalidad.
Para las personas con algún tipo afección en su movilidad, todavía les resulta un verdadero reto, salir de su entorno más cercano con la sana intención de disfrutar de su tiempo de ocio. Playas, piscinas, restaurantes, estadios, cines o teatros, suelen ser totalmente inaccesibles en pleno siglo XXI. Si proyectamos un viaje fuera de nuestra ciudad, entonces la historia se convierte en un proyecto de ingeniería socio-estratégica. Será tal el cúmulo de sorpresas, sucesos y agresiones de todo tipo a los que se verá sometido, que, o parte de un talante optimista y conciliador o esa historia tenderá a convertirse en un verdadero calvario.
Y así deberíamos ofrecer en nuestras ciudades y pueblos, todo aquello que querríamos encontrar al visitar a otros: transporte, alojamiento, movilidad, ocio, forma de trato, etcétera, serán las claves de parte del éxito de ese viaje o traslado. Pero nada más lejos de la realidad. El escenario es generalmente entristecedor, porque parte de la probable rotura de la silla por desdén de la línea aérea, los escalones a la entrada del hotel, la trágica puerta del inodoro, los escalones hasta el restaurante, la inexistencia de cualquier tipo de transporte adaptado, ninguna ayuda técnica o humana para entrar a la playa o a la piscina, y muchas otras penurias que conforman es el más habitual de los panoramas de un viajero de movilidad reducida. Si habláramos también de personas con comunicación reducida el agravamiento sería aún más notable.
Todas estas personas están profundamente hartas de tener que ser valientes ante la incertidumbre de si podrán llegar o acaso entrar, hartos de escapar por los pelos de innumerables situaciones, hartos de las continuas agresiones a sus derechos y dignidad, hartos de la aleatoria capacidad del interlocutor de entender que tienen los mismos derechos y necesidades, hartos de acarrear amigos-porteadores para salvar la situación, sin siquiera tener posibilidades para ello. En suma, hartos de estar siempre al borde del abismo de la integración.
La frase optimista enuncia que "no existen barreras, sino falta de amigos", pero no dice lo difícil que es pedir sin tener por qué. No explica, que cada persona también tiene derecho a ser común dentro de los comunes, y no solo un luchador incansable.
Hoy orgullosos como sociedad, de lo logros alcanzados y contando con las herramientas necesarias para hacer nuestro entorno mas humano y amable a todos, falta quizás ese momento de reflexión, - aún breve -, que permita dar cuenta de algo tan simple como que discapacitados somos todos. Por nuestra edad presente o venidera, por un familiar afectado, por nuestro cochecito de bebé o cualquier otra causa, nos convertiremos en demandantes de accesibilidad y desearemos que alguien hubiese diseñado aquel espacio, instalación o útil, pudiendo cualquiera utilizarlo o transitarlo sin otras consideraciones.
En esta tarea global, existe una enorme responsabilidad de todos los sectores implicados. Las administraciones públicas en la vigilancia del cumplimiento de la normativa y en el fomento y promoción de la accesibilidad; del empresariado en la adaptación y diseño de su actividad; de los colectivos sociales en la defensa a ultranza de sus derechos y en la transmisión realista y serena de sus necesidades. Habrá que remarcar el hecho de que 50 millones de personas con discapacidad residen en la nueva Europa, además de sus familias y acompañantes, y que deberán forzar nuevas y variadas líneas de actuación, en todos los frentes sociales y sobre todo económicos.
Y tras evaluar diferentes opciones, en este punto, viajar. A donde más queramos. Y vivir intensamente el viaje, haciéndonos notar. En todas partes y a todas horas. Sólo la presencia social de este colectivo será capaz de transformar el habitual desconocimiento de la discapacidad, - y por ende demoledor rechazo -, en una cotidiana normalidad tendente a la más natural integración. Porque al final lo que queremos es poder estar, ser uno más, que no nos lo cuenten sino contarlo nosotros. Aunque tengamos que pelear con la puerta de los aseos del hotel.
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